Metamorfosis

Metamorfosis

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Te lloraron, Orfeo, las tristes aves, te lloraron todos los animales, te lloraron las duras piedras y los bosques que tantas veces habían seguido tu canto, y los árboles, perdiendo sus hojas, lucieron por ti su copa desnuda. Y dicen que también los ríos acrecieron su caudal con sus propias lágrimas, y que las Náyades y las Dríades recubrieron sus velos de lino con un manto oscuro, y soltaron sus cabellos. Los miembros de Orfeo yacen desperdigados en distintos lugares: tú, Hebro[1], recibes su cabeza y su lira, y (¡cosa increíble!), mientras se deslizan en medio de la corriente, la lira emite no sé qué triste lamento, tristemente murmura la lengua exánime, tristemente contestan las orillas. Y ya, arrastradas hasta el mar, abandonan el río de su tierra y alcanzan la costa de Lesbos, cerca de Metimna. Allí, una fiera serpiente acomete contra la cabeza que las olas habían arrojado a esas playas lejanas, y contra los cabellos empapados de gotas de rocío. Entonces, por fin Febo interviene y retiene a la serpiente que estaba a punto de morder y congela en piedra sus fauces, endureciéndolas así como están, abiertas de par en par.






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