Metamorfosis

Metamorfosis

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La sombra de Orfeo desciende bajo tierra, reconoce todos los lugares que había visto antes, y tras buscarla por los campos de los piadosos encuentra a Eurídice y la estrecha en un abrazo apasionado. Por allí pasean a veces los dos juntos: unas veces ella le precede y él la sigue, otras veces él va delante y, seguro ya, Orfeo se vuelve a mirar a su Eurídice.

Pero Lieo[2] no permitió que este crimen quedara impune, y dolido por la pérdida del cantor de sus ritos sagrados inmovilizó inmediatamente en los bosques, con una nudosa raíz, a todas las matronas edonias[3] que habían presenciado el sacrilegio. Allí donde cada una se encontraba, hizo que se le alargaran los dedos de los pies y que las puntas se clavaran en la dura tierra. Como un pájaro que, cuando ha metido una pata en el lazo que astutamente había escondido el cazador, bate las alas sintiéndose atrapado y con su agitación estrecha aún más las ataduras, así cada una de ellas, al verse inmovilizada, pegada al suelo, intenta huir inútilmente, llena de terror, pero la flexible raíz las retiene y frena sus saltos. Mientras se preguntan dónde están sus dedos, dónde sus pies y dónde sus uñas, ven cómo la madera va subiendo por sus lisas pantorrillas, y cuando intentan golpearse los muslos para lamentarse golpean la madera; también sus pechos se hacen de madera, madera son sus hombros, y creerías que sus brazos extendidos son ramas, y lo creerías con razón.


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