Metamorfosis
Metamorfosis Hay en Hemonia un golfo que forma un arco curvado en forma de hoz: los dos brazos de tierra se extienden de forma que, si el agua fuera más profunda, allí habría un puerto; pero las aguas apenas cubren la superficie de la arena. Tiene una playa sólida, que ni conserva las huellas ni dificulta el andar, ni está cubierta de algas; próximo a ella hay un bosque de mirtos cargado de bayas bicolores. En medio del bosque hay una caverna, no se sabe si hecha por la naturaleza o por el arte, aunque más bien se diría hecha por un artista, a la que tú, Tetis, solías venir a menudo, desnuda, montando un embridado delfín. Fue allí donde Peleo te asaltó mientras yacías vencida por el sueño, y puesto que rechazabas sus ruegos, se dispuso a forzarte rodeándote el cuello con ambos brazos. Y si no hubieras recurrido a tus artes habituales, cambiando continuamente de figura, habría conseguido lo que se proponía. Pero una vez eras un pájaro: aun así, como pájaro te tenía agarrada; otra vez eras árbol: Peleo abrazaba el árbol; la tercera forma fue la de una tigresa de piel estriada: entonces por fin el Eácida, aterrorizado, liberó tu cuerpo del abrazo. Él, entonces, se pone a adorar a los dioses del mar vertiendo vino sobre las aguas y ofrendando vísceras de oveja y humeante incienso, hasta que el adivino de Cárpatos[22], apareciendo en medio de las olas, le dijo: «Conseguirás el matrimonio que deseas, Eácida; tú, simplemente, cuando descanse dormida en la gruta de piedra átala sin que se dé cuenta con lazos y con fuertes cuerdas. Y no te dejes engañar aunque adopte cien formas falsas, y sujétala, sea lo que sea, hasta que vuelva a tomar su forma de antes». Así habló Proteo y ocultó su rostro en las aguas, pronunciando entre sus olas las últimas palabras.