Metamorfosis

Metamorfosis

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«¡Desdichado de mí!», exclama Ínaco, el padre, y abrazándose a los cuernos y a la cerviz de la novilla blanca como la nieve, que gemía, repite: «¡Desdichado de mí! ¿Eres tú mi hija, a la que he buscado por todas partes? ¡Menor era el dolor de no encontrarte que el de haberte hallado! Callas, y no respondes a mis palabras; tan sólo emites hondos suspiros, pues no puedes hacer otra cosa, y muges en respuesta a lo que digo. Y yo, sin saberlo, preparaba para ti el lecho y las antorchas nupciales, y tenía la esperanza de que primero me darías un yerno, y luego unos nietos: ahora tu esposo saldrá de la manada, de la manada vendrán tus hijos. Y ni siquiera se me permite poner fin a tanto dolor con la muerte: ser un dios me perjudica, y al estar cerradas para mí las puertas de la Parca[58], mi llanto se prolongará eternamente». Entonces el estrellado Argos[59] le echa a un lado mientras así se lamenta, y separando a la hija de su padre la arrastra hacia otros pastos; él, por su parte, sube a la cima de un cerro, y allí sentado vigila en todas las direcciones.






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