Metamorfosis
Metamorfosis Un día llegó a las orillas en las que antes acostumbraba a jugar, a las orillas del Ínaco: cuando vio el rostro y los cuernos de su nueva figura reflejados en las olas se asustó, y huyó turbada por su propia imagen. Las Náyades no saben quién es, el propio Ínaco no la reconoce; pero ella sigue a su padre y a sus hermanas, deja que la acaricien y se ofrece ante sus ojos. El viejo Ínaco recogió unas hierbas para dárselas: ella lame las manos de su padre y besa sus palmas, y no puede contener las lágrimas; y si pudiera hablar, le pediría ayuda y le revelaría su nombre y su desgracia. En lugar de palabras empleó letras, que trazó con su pezuña sobre la arena para dar triste razón de la transformación de su cuerpo.