Metamorfosis
Metamorfosis ¿Qué hacer? Cruel sería entregar a su amada, pero no hacerlo sería sospechoso; el pudor le impulsa hacia lo primero, pero el amor se lo impide. Y el amor habría vencido al pudor, pero si le hubiese negado la vaca, un regalo tan insignificante, a su hermana y compañera de lecho, habría podido entenderse que no era una vaca. Así que la diosa obtuvo a su rival; pero no por eso abandonó inmediatamente su miedo, y siguió desconfiando de Júpiter y temiendo que pudiera volver a raptarla, hasta que se la entregó para su custodia a Argos, hijo de Aréstor.
Cien ojos tenía Argos en su cabeza: descansaban por turnos, de dos en dos, mientras los otros permanecían abiertos y se mantenían alerta. Se pusiera como se pusiera, siempre miraba a Io; la tenía ante sus ojos aunque estuviera de espaldas. Durante el día le permitía pacer, pero cuando el Sol se había ocultado en las profundidades de la tierra la encerraba y rodeaba su cuello de una indigna soga. La pobre infeliz se alimentaba de las hojas de los árboles y de amargos pastos, se acostaba sobre la tierra, no siempre cubierta de paja, y bebía en arroyos fangosos. Cuando intentaba, suplicante, tender sus brazos hacia Argos, no tenía brazos que tenderle, y cuando intentaba hablar, de su boca salía un mugido, y atemorizada por ese sonido se asustaba de su propia voz.