Metamorfosis
Metamorfosis AlcÃone gime y derrama lágrimas, también mueve los brazos en medio del sueño, abraza el aire buscando el cuerpo y exclama: «¡Quédate aquÃ! ¿Adónde vas? ¡Iremos juntos!». Turbada por su propia voz y por la figura de su esposo se sacude el sueño, y en primer lugar mira a su alrededor para ver si está allà aquél al que acaba de ver; mientras tanto los criados, alarmados por su voz, habÃan entrado con una luz. Al ver que no encuentra a nadie se golpea el rostro con la mano y se arranca la ropa del pecho, y luego se hiere el pecho mismo; y no se preocupa de soltarse el cabello: se lo arranca, y a la nodriza que le pregunta cuál es la causa de su dolor, le dice: «¡Ya no existe AlcÃone, ya no existe! Ha muerto junto con su Ceix. ¡Ahorraos las palabras de consuelo! Ha muerto en un naufragio. Le he visto y le he reconocido, y le he tendido mis manos cuando se marchaba, intentando retenerle. ¡Era una sombra, sÃ, pero una sombra clara, la verdadera sombra de mi marido! Desde luego, no tenÃa, si quieres saberlo, su rostro habitual, y su semblante no resplandecÃa como antes. Pálido y desnudo, y con el cabello todavÃa mojado, infeliz de mÃ, es como le he visto: ¡estaba de pie aquÃ, el pobre, aquÃ, en este mismo lugar!», y miraba en busca de algún rastro. «¡Esto, esto era lo que yo temÃa, presintiéndolo en el alma, y le rogaba que no se entregara a los vientos alejándose de mÃ! Y cómo me gustarÃa, puesto que te ibas para morir, que me hubieras llevado contigo: hubiese sido mucho mejor para mà irme contigo. En efecto, no tendrÃa que pasar sin ti ningún momento de mi vida, y no estarÃamos separados en la muerte. ¡Ahora, en cambio, sin estar allà he muerto; sin estar allà soy zarandeada por las olas, y el mar me tiene, aunque sin mÃ! Más cruel que el mismo océano serÃa mi mente si me esforzara por seguir viviendo por más tiempo, si luchara por superar tanto dolor. Pero ni voy a luchar ni te voy a abandonar, desdichado, y por lo menos en esta ocasión te acompañaré. Y en el sepulcro, si no nos une la misma urna, nos unirá el mismo epitafio; si no toco tus huesos con mis huesos, por lo menos tocaré tu nombre con el mÃo».