Metamorfosis

Metamorfosis

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El dolor le impide decir más, los lamentos interrumpen todas sus palabras, y los gemidos escapan de su corazón acongojado. Era por la mañana. Sale del palacio y camina hacia la playa, y vuelve a dirigirse, entristecida, al lugar desde donde le vio marchar. Mientras permanece allí, mientras dice: «Aquí soltó las amarras, en este lugar de la playa me besó antes de irse», mientras recuerda cada acto que los lugares le traen a la memoria y mira el mar, ve algo en la lejanía sobre las líquidas olas, no sé, casi un cuerpo. Al principio no estaba claro qué era aquello; después, cuando las olas lo hubieron empujado un poco más cerca y era evidente que se trataba de un cuerpo, aunque ignoraba quién era el presagio la turbó, al tratarse de un náufrago, y llorándolo como a un desconocido, dijo: «¡Ay! ¡Desdichado de ti, seas quien seas, y tu esposa, si la tienes!». Arrastrado por las olas el cuerpo se acerca; cuanto más lo mira, más y más el sentido la va abandonando. Y ya lo observa, empujado hacia la costa cercana, tanto que lo podía reconocer: era su esposo. «¡Es él!», exclama, y el rostro, el cabello, las ropas, todo lo desgarra, y tendiendo hacia Ceix sus manos temblorosas, dice: «¿Así, esposo amadísimo, así regresas a mí, desdichado?». Había junto al agua un dique construido por la mano del hombre que refrenaba la furia inicial de las olas, debilitando el ímpetu de las aguas: allí se posa de un salto. Y fue asombroso que pudiera hacerlo: volaba, batiendo el aire ligero con las plumas que le acababan de salir, e, infeliz ave, rozaba la superficie del agua, y mientras volaba su boca, ahora un delgado pico, emitió crepitando un sonido que parecía triste y lleno de dolor. Y cuando tocó el cuerpo de él, mudo y sin sangre, abrazando los adorados miembros con sus nuevas alas en vano con su duro pico le dio fríos besos.


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