Metamorfosis

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Libro duodécimo

Ignorando que Ésaco, dotado de alas, estaba vivo, Príamo, su padre, lloraba su muerte; también Héctor, junto a sus hermanos, le había rendido vanas exequias en una tumba que llevaba su nombre. Faltó en la triste ceremonia la presencia de Paris, quien poco después traería a la patria, junto con la esposa raptada[1], una larga guerra: mil naves aliadas vinieron tras él, con las fuerzas coalizadas de todos los pueblos pelásgicos. Y la venganza no se habría demorado si los furiosos vientos no hubiesen hecho el mar impracticable, reteniendo en la tierra de Beocia, en Aulide[2], la rica en pesca, a la flota lista para zarpar. Allí, cuando según las costumbres de los padres los Dánaos se aprestaban a ofrecer un sacrificio a Júpiter, y el viejo altar se había calentado con los fuegos que habían encendido, vieron a un dragón azulado reptar por un plátano cercano al lugar donde se celebraba el rito. En la cima del árbol había un nido con ocho pájaros: la serpiente los capturó, así como a la madre que revoloteaba alrededor de los polluelos que le eran arrebatados, y los hizo desaparecer en sus ávidas fauces. Todos se quedaron pasmados de asombro; pero el Testórida[3], adivino de certera previsión, dijo: «¡Venceremos! ¡Alegraos, pelasgos! Troya caerá, aunque la nuestra será una empresa larga y fatigosa», e interpretó los nueve pájaros como nueve años de guerra. La serpiente, tal como estaba, enredada en las verdes ramas del árbol, se convirtió en piedra, y la roca con forma de serpiente existe todavía.


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