Metamorfosis

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»El audaz hijo de Ixión[16] se había casado con Hipodamía, y había invitado a los fieros Hijos de la Nube[17], tras preparar una fila de mesas, a recostarse para el banquete en su caverna bajo los árboles. Allí estaban los nobles de toda Hemonia, yo mismo también estaba allí, y la multitud alborotada llenaba con sus voces el palacio en fiestas. He aquí que cantan el Himeneo, los fuegos despiden humo en el atrio y la virgen, insigne por su belleza, avanza rodeada de un cortejo de matronas y de jóvenes. Feliz llamamos a Pirítoo por tener esa esposa, y casi nos equivocamos en nuestro augurio. En efecto, tu corazón, oh Éurito, el más cruel de los crueles centauros, se inflama tanto por el vino como por la visión de la virgen, y la ebriedad y la lujuria, mezcladas, se apoderan de ti. En un momento, volcadas las mesas, el banquete es pura confusión, y la recién casada es raptada por la fuerza, asida por el cabello. Éurito rapta a Hipodamía, y los demás cada uno a la que prefería o a la que pudo: era una escena propia de una ciudad conquistada. Toda la casa resuena con gritos de mujeres. Todos nos levantamos inmediatamente, y Teseo dice el primero: “¿Qué locura te agita, oh Éurito, que atacas a Pirítoo en mi presencia, y ofendes, sin saberlo, a dos en una?”. Y para que sus palabras no fueran recordadas como vanas, el magnánimo héroe aparta a quienes se le oponen y arrebata la raptada esposa a los furiosos centauros. Éurito no le contesta: en efecto, no podría justificar con palabras semejante atropello; pero se lanza contra el rostro del vengador con la violencia de sus puños y golpea su noble pecho. Casualmente, había ahí cerca una antigua crátera con los flancos encrespados de figuras en relieve: el Egida la levanta, irguiéndose aún más alto, y la arroja a la cara de su adversario. Vomitando por la boca y por las heridas grumos de sangre mezclada con cerebro y vino, Éurito patalea tendido sobre la arena. Los hermanos biformes se enardecen ante esta muerte y gritan al unísono, con una sola voz: “¡A las armas! ¡A las armas!”. El vino les daba ánimos, y la batalla comienza con un vuelo de vasos, de frágiles jarros y cóncavos aguamaniles arrojados como proyectiles, objetos destinados hace un momento al banquete, ahora aptos para la guerra y la matanza.


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