Metamorfosis
Metamorfosis »Ámico, hijo de Ofión, fue el primero que no temió despojar la celda sagrada de sus dones, y fue el primero que sacó de la cámara una lámpara cargada de resplandecientes antorchas; elevándola alto, como quien se dispone a golpear el blanco cuello de un toro con el hacha de los sacrificios, la estrella contra la frente del lapita Celadón, dejándole los huesos quebrantados en el rostro irreconocible. Los ojos saltan de sus órbitas y, triturados los huesos de la cara, la nariz se hunde hacia atrás y se clava en el paladar. Arrancando una pata de una mesa de arce, Pélates de Pela deja a Ámico tendido en el suelo con la barbilla encajada en el pecho, y con un segundo golpe le envía a reunirse con las sombras del Tártaro, haciéndole escupir los dientes mezclados con negra sangre. Grineo, que estaba ahí al lado, dice mirando con ojos terribles el altar humeante: “¿Y por qué no utilizar esto?”, y levantando el inmenso altar junto con sus fuegos, lo arroja en medio del tropel de los Lapitas aplastando a dos, Bróteas y Orío. La madre de Orío era Mícale, de la que se sabía que con sus encantamientos había hecho descender muchas veces los reluctantes cuernos de la luna. “¡No quedarás impune, si sólo yo consigo un arma!”, dijo Exadio, y como arma coge los cuernos de un ciervo, que estaban colgados de un alto pino como ofrenda votiva. Una bifurcada rama de aquéllos se clava en los ojos de Grineo y se los saca, quedando una parte ensartada en los cuernos, mientras la otra se desliza por la barba y queda colgando en un coágulo de sangre. Y he aquí que Reto coge del altar un tizón incandescente de ciruelo, y por el lado derecho le aplasta a Caraxo la sien, sobre la que cae una rojiza cabellera. La llama se extendió velozmente y los cabellos ardieron como espigas secas, y en la herida la sangre quemada borboteó con un espantoso estridor, como el que suele producir un hierro al rojo vivo cuando el herrero lo levanta con corvadas tenazas y lo sumerge en una cuba; el hierro rechina y silba, sumergido en el agua que se vuelve tibia. Herido, se sacude el fuego devorador de los hirsutos cabellos, y levanta hasta la altura de los hombros un umbral que arranca de la tierra, pesado incluso para un carro; el mismo peso hace que no pueda arrojarlo contra los enemigos: la mole de piedra aplasta a su compañero Cometes, que estaba demasiado cerca. Reto no puede contener su alegría: “¡Ruego a los dioses que sean igual de fuertes todos los de tu campo!”, y con el madero medio quemado vuelve a abrirle la herida con otro golpe, y con otros tres o cuatro golpes violentos le fractura las junturas del cráneo, y los huesos se hunden en el líquido cerebro. Victorioso, pasa a Evagro, a Córito y a Drías, y cuando Córito, que tenía las mejillas cubiertas por el primer bozo, se desplomó, Evagro dijo: “¿Qué gloria te dará haber derribado a un muchacho?”; pero Reto no le permite decir más, y mientras el hombre habla le hunde cruelmente las trémulas llamas en la boca, y a través de la boca hasta el pecho. También a ti, despiadado Drías, te persigue volteando la antorcha por encima de su cabeza, pero contra ti no obtiene el mismo éxito: mientras se regocija por su triunfo en las muertes que va sembrando, le clavas una estaca quemada en el punto en que el cuello se une al hombro. Reto gime, y con un esfuerzo se arranca la estaca del duro hueso, y huye bañado en su propia sangre. Huyen también Orneo y Licabante, y Medonte, herido en el hombro derecho, y Taumante con Pisénor, y Mérmero, que poco antes había vencido a todos en una carrera, pero entonces, herido, iba más despacio; huyen también Folo y Melaneo, y Abante, cazador de jabalíes, y Ástilo el adivino, que en vano había desaconsejado a los suyos que lucharan. Éste también le había dicho a Neso, que temía ser herido: “¡No huyas! Tú estás reservado para el arco de Hércules”. Pero ni Eurínomo ni Licidas, ni Areo ni Imbreo escaparon a la muerte, pues a todos los abatió Drías con su diestra, golpeándolos de frente; también tú, Creneo, aunque le habías dado la espalda para huir, recibiste un herida de frente: en efecto, cuando te volvías hacia atrás para mirar te clavó un pesado hierro entre los ojos, donde la nariz se une a la base de la frente. En medio de tanto estruendo, Midas yacía dormido, con el sopor extendido por todas sus venas, sin despertarse: sostenía en la lánguida mano una copa de vino mezclado, y estaba tendido sobre una velluda piel de osa del monte Osa. Cuando Forbas le vio desde lejos, aunque en vano no empuñaba ningún arma, metió los dedos en el amiento y dijo: “¡Beberás el vino mezclado con agua del Estigio!”, y sin más demora arrojó su jabalina contra el joven; el asta de fresno con la punta de hierro penetró en su cuello, puesto que casualmente yacía boca arriba. La muerte le llegó sin que lo notara, y la sangre brotó a chorros de su garganta, derramándose en el lecho y en la misma copa.