Metamorfosis
Metamorfosis »Ceneo había dado muerte a cinco: Estífelo, Bromo, Antímaco, Élimo y Piractes, que iba armado de un hacha; no recuerdo las heridas, sólo se me quedaron grabados el número y los nombres. Corriendo avanza Latreo, enorme en cuerpo y estatura, armado con las armas de Haleso de Emacia, a quien él mismo había dado muerte. Su edad estaba entre la vejez y la juventud: tenía la fuerza de un joven y el cabello canoso por la edad. Imponente con su escudo, su espada y su pica de Macedonia, volviendo el rostro hacia las filas de unos y otros, galopaba en un círculo perfecto, golpeando las armas, y lleno de soberbia esparcía estas palabras en el aire: “¿También a ti, Cenis, tendré que soportarte? Porque para mí tú siempre serás una mujer, siempre serás Cenis. ¿No te sirve de advertencia tu naturaleza originaria, no te viene a la mente por qué hecho fuiste premiada, a qué precio obtuviste esa falsa apariencia de hombre? Mira cómo eras al nacer y qué fue lo que sufriste, y, anda, coge la rueca y los canastillos e hila la lana con tus dedos; ¡deja la guerra para los hombres!”. Mientras grita estas cosas, Ceneo le arroja una lanza y le atraviesa el flanco tendido por la carrera, en donde el hombre se une al caballo. Aquél se enfurece por el dolor y golpea con su pica el rostro desprotegido del joven de Filo; la pica rebota, como rebota el granizo sobre el tejado, o como cuando alguien golpea un hueco tambor con una piedrecilla. Entonces le agrede de cerca y lucha por hundirle la espada en el duro costado, pero la espada no puede penetrar por ningún sitio. “¡De todas formas, no escaparás! ¡Te cortaré en dos con el filo de la espada, ya que la punta no es suficientemente afilada!”, dice, e inclinando la espada de través, abarca con un amplio movimiento de la diestra el contorno de sus caderas. El golpe produce un ruido sordo, como cuando se golpea el mármol, y la hoja salta en pedazos al chocar contra la piel callosa. Cuando ya hubo presentado suficientemente sus miembros ilesos al asombrado Latreo, Ceneo exclamó: “¡Vamos, ahora seré yo el que pruebe tu cuerpo con mi hierro!”, y hundió hasta la empuñadura su espada mortal en su pecho de caballo, y a ciegas la movió y la volvió dentro de sus entrañas, abriéndole más heridas en la herida. Entonces, he aquí que los Centauros se precipitan rabiosos sobre él con gran estrépito, y dirigen o arrojan sus armas contra él, todos contra uno. Las armas caen con la punta rota, mientras Cene, hijo de Élato, permanece intacto bajo todos los golpes, sin perder una gota de sangre. Ese hecho inaudito los deja a todos atónitos. “¡Oh, grandísima deshonra!”, exclama Mónico. “¡Nosotros, un pueblo entero, somos vencidos por un solo hombre, que a duras penas lo es! Aunque, en realidad, él sí es un hombre, mientras que nosotros, con nuestro cobarde comportamiento, somos lo que él era antes. ¿De qué nos sirven estos cuerpos imponentes? ¿De qué nuestras duplicadas fuerzas y el hecho de que una naturaleza doble haya unido en nosotros a los dos seres más fuertes del mundo? No me parece que seamos los hijos de una diosa y los hijos de Ixión, que era tan grande que incluso aspiró a unirse a la excelsa Juno; somos superados por un enemigo que sólo es medio hombre. ¡Echadle encima peñas, troncos y montes enteros, y arrancadle su alma tenaz arrojando todo un bosque sobre él!”. Así dijo, y encontrando por casualidad un tronco que había sido abatido por la violencia del furioso Austro, lo lanzó contra el gallardo adversario; aquello sirvió de ejemplo a los demás, y en un momento el Otris estaba desnudo de árboles y el Pelio ya no tenía sombra. Sepultado por ese cúmulo desmesurado, Ceneo se acalora bajo la mole arbórea y soporta sobre sus hombros los troncos que se van acumulando. Pero al final, cuando el peso fue creciendo sobre su cabeza y su rostro, y a su respiración le faltó el aire, empezó a ceder poco a poco, y a veces intentaba en vano erguirse para alcanzar el aire y desembarazarse de los árboles que le habían arrojado, y a veces los movía, como si, ¡eso es!, como si el alto Ida que ahora estamos viendo fuera sacudido por un terremoto. No se sabe bien cuál fue su final: algunos decían que su cuerpo fue empujado hacia el vacío Tártaro por el peso de la selva; pero el hijo de Ámpix dijo que no. De entre los troncos amontonados él vio salir y escapar por el aire transparente a un pájaro de alas doradas, al que también yo vi entonces por primera y última vez. Cuando Mopso lo vio sobrevolar su campamento con un suave aleteo, difundiendo a su alrededor sonoros graznidos, siguiéndole a la vez con el corazón y con los ojos, dijo: “¡Salve, gloria del pueblo de los Lapitas, oh Ceneo, antes el más grande de los hombres, y ahora un pájaro único!”. La cosa fue creída, viniendo de un hombre como aquél. Entonces el dolor hizo aumentar nuestra ira: nos sentimos indignados de que uno solo hubiese sido aplastado por tantos enemigos, y no dejamos de desahogar nuestro dolor con el hierro hasta que no hubimos dado muerte a una parte, y la otra se dio a la fuga desapareciendo en la noche».