Metamorfosis
Metamorfosis Ilión ardía, el fuego todavía no se había extinguido, y el altar de Júpiter se había empapado de la exigua sangre del viejo Príamo. Arrastrada por los cabellos, la sacerdotisa de Febo[29] tendía inútilmente sus palmas al cielo. Las mujeres dardánidas, que encerradas en los templos se abrazan, mientras pueden, a las estatuas de sus dioses, son arrastradas, codiciado botín, por los griegos vencedores. Astíanax[30] es arrojado desde la misma torre desde la que tantas veces había visto a su padre, que su madre le señalaba, luchar por él y defender el reino de sus antepasados. Y ya Bóreas invita a emprender el camino y las velas suenan agitadas por su soplo favorable; los marineros dicen que hay que aprovechar el viento. «¡Adiós, Troya! ¡Nos llevan!», gritan las troyanas, besan la tierra y abandonan las casas aún humeantes de su patria. La última en embarcar en la flota es Hécuba (dolorosa escena), a la que han encontrado entre las tumbas de sus hijos; mientras abraza los túmulos y besa los huesos, manos duliquias[31] se la llevan de allí. Pero de uno, de Héctor, consiguió llevarse las cenizas: las sacó y se las llevó escondidas contra su pecho; en el túmulo de Héctor deja canosos mechones de su cabeza, pobre ofrenda de cabellos y lágrimas.