Metamorfosis
Metamorfosis Había una pequeña cala que se combaba en forma de arco, refugio predilecto de Escila; allí se retiraba para huir del ardor del mar y del cielo, en la hora en que el sol, en la mitad de su recorrido, calentaba con más fuerza, y desde las alturas reducía las sombras al mínimo. La diosa emponzoña esta cala y la contamina con venenos portentosos, esparciendo sobre ella jugos destilados de una maléfica raíz, y nueve veces por tres murmura con su boca de hechicera un conjuro misterioso, un circunloquio de palabras enigmáticas. Llega Escila, y se ha sumergido hasta la mitad del vientre cuando ve que monstruosos perros que ladran infestan sus caderas. Al principio, no pudiendo creer que formen parte de su propio cuerpo, rehúye e intenta ahuyentar, asustada, los procaces hocicos de los perros. Pero a la vez que huye los arrastra consigo, y cuando busca dónde están sus muslos, sus pantorrillas y sus pies, no encuentra en su lugar más que fauces de Cérberos. Se alza sobre los perros rabiosos, e irguiéndose desde el abdomen y las ingles mutiladas, mantiene unidos debajo de sí los lomos de las bestias.