Metamorfosis
Metamorfosis ”Febo, en su ocaso, ya había difundido su luz sobre las playas de Tarteso, y en vano Canente había atendido a su esposo con los ojos y con el corazón. Los criados y el pueblo rastrean todos los bosques y van con antorchas a su encuentro. Pero a la ninfa no le basta con llorar, desgarrar sus cabellos y golpearse el pecho: también hace todas estas cosas, sí, pero además huye precipitadamente y vaga fuera de sí por los campos del Lacio. Seis noches y otros tantos días traídos por el sol la vieron errar así, sin dormir y sin comer, por montes, por valles, por donde la casualidad la conducía. El Tíber fue el último que la vio cuando, agotada ya por el dolor y por el camino, dejaba caer su cuerpo junto a la larga orilla. Allí, llena de tristeza, vertía con débil sonido, junto con sus lágrimas, palabras moduladas por su mismo dolor, como cuando el cisne, ya moribundo, entona su fúnebre canto. Por fin, consumida por la tristeza hasta la blanda médula, se disolvió desvaneciéndose poco a poco en la brisa ligera. La fama de lo sucedido, sin embargo, quedó grabada en aquel lugar, al que las antiguas Camenas[24], con razón, llamaron Canente por el nombre de la ninfa”.