Metamorfosis

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Éste, en efecto, había fundado bajo el reinado de Dauno una grandísima ciudad en la región de Iapigia[29], y gobernaba las tierras que su esposa había recibido en dote. Pero cuando Vénulo, cumpliendo el encargo de Turno, le pidió ayuda, el héroe etolio se la negó, aduciendo como motivos que no quería involucrar en la guerra al pueblo de su suegro y que no tenía hombres suyos a los que armar: «Y para que no creas que se trata de una excusa inventada, aunque los recuerdos amargos renuevan los lutos, soportaré el dolor de recordar. Después del incendio de la noble Ilión, cuando ya Pérgamo había alimentado las llamas de los dánaos y el héroe de Naricia[30] había hecho recaer sobre todos el castigo que él solo habría merecido, por raptar a la virgen del altar de otra virgen[31], nosotros los dánaos nos disgregamos, y arrastrados por los vientos sobre las hostiles aguas del mar tuvimos que padecer rayos, oscuridad, lluvias, la ira del cielo y del mar y la inmensa desgracia del cabo Cafareo[32]. No voy a entretenerme contándoos punto por punto todas las calamidades; sólo os diré que en esos momentos el mismo Príamo habría considerado a Grecia digna de llanto. A mí, sin embargo, me salvó arrebatándome a las olas el favor de la belicosa Minerva. Pero luego volví a ser expulsado de las tierras de mi patria, y la gran Venus me hizo pagar el castigo en venganza por la herida que un día le infligí[33], y tuve que soportar tantos sufrimientos en alta mar, tantos en los combates en tierra, que muchas veces llamé felices a aquéllos a quienes el peligroso Cafareo y la tormenta que a todos arrastró sumergieron en las aguas, y hubiese querido ser uno de ellos. Mis compañeros, que habían soportado ya los mayores males en la guerra y en el mar, abandonan y piden que se ponga fin a ese vagar sin rumbo. Pero Acmón, de carácter impetuoso, y que se había vuelto aún más rudo con las calamidades, exclamó: “¿Queda algo que vuestra tolerancia no sea capaz de soportar, oh guerreros? ¿Qué le queda por hacer a la diosa de Citera[34], suponiendo que quiera, más de lo que ya nos ha hecho? En efecto, cuando se temen cosas peores, todavía queda lugar para las heridas, pero cuando la suerte es la peor que se pueda imaginar, el temor se puede pisotear: en el colmo de los males se puede estar tranquilos. ¡Que me oiga si quiere, y que odie, como de hecho hace, a todos los hombres que están bajo el mando de Diomedes: nosotros nos reímos de su odio, aunque su gran potencia nos vaya a costar cara!”. Con estas enconadas palabras Acmón de Pleuronia provoca a Venus y vuelve a suscitar su vieja ira. Pocos aprueban sus palabras. La gran mayoría de sus amigos reprendemos a Acmón, y cuando intenta respondernos a la vez se le atenúan la voz y la vía de la voz, sus cabellos se transforman en plumas, plumas recubren su cuello transformado, su pecho y su espalda, los antebrazos toman unas plumas más largas y los codos se curvan en forma de leves alas; una extensa membrana invade sus dedos, y sus labios se endurecen en un rígido pico de afilada punta. Lico le mira estupefacto, le mira Idas, y Nicteo con Rexénor, le mira Abante, y mientras miran asumen su mismo aspecto. La mayor parte de la tropa emprende el vuelo y vuela alrededor de los remos batiendo las alas. Si quieres saber cuál era la forma de estas aves nacidas de repente, no era la de un cisne, aunque sí se parecía a la de un blanco cisne. Y he aquí que yo, como yerno de Dauno, a duras penas voy gobernando con una mínima parte de los míos esta ciudad y los áridos campos de Iapigia».


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