Metamorfosis

Metamorfosis

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La virtud de Eneas ya había obligado a todos los dioses y entre ellos a la misma Juno, a deponer su ira, y estando ya bien asentado el creciente poder de Julo[42], el héroe citereo ya estaba en sazón para el cielo. Venus había asediado a los dioses con sus súplicas, y abrazada al cuello de su padre le había dicho: «Padre, tú que en ningún momento has sido duro conmigo, ahora deseo que seas más benévolo que nunca: a mi Eneas, quien, al ser de mi sangre, te hizo abuelo, otórgale, oh grandísimo, la majestad divina, aunque sea sólo un poco. Ya basta con que haya visto una vez el desapacible reino de los muertos y que haya cruzado una vez los ríos estigios». Los dioses dieron su consentimiento, y la consorte real no mantuvo un rostro impasible, sino que asintió con semblante apaciguado. Entonces el padre Júpiter: «Sois dignos del don del cielo, tanto tú que lo solicitas como aquel para quien lo solicitas: recibe, hija, lo que deseas». Había hablado. Ella se alegra y da las gracias a su padre, y transportada a través del aire por palomas uncidas al yugo se dirige a la costa laurentina, donde el Numicio, serpenteando oculto entre las cañas, vierte sus aguas fluviales en el cercano mar. A éste le ordena que lave todo aquello de Eneas que esté sujeto a la muerte y que lo arrastre hasta las profundidades del mar con su taciturna corriente. El cornígero[43] río ejecuta las órdenes de Venus y purifica todo lo que en Eneas era mortal, bañándolo en sus aguas: sólo quedó su parte mejor. Cuando estuvo purificado, su madre ungió su cuerpo con un ungüento divino y puso en sus labios ambrosía mezclada con dulce néctar, y lo convirtió en un dios, al que el pueblo de Quirino[44] llama Indiges[45] y honra con un templo y con altares.


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