Metamorfosis
Metamorfosis Pues bien, una vez se ciñó las sienes con una mitra de colores, y apoyándose en un bastón, cubiertas de canas las sienes, simuló el aspecto de una anciana y entró en el cuidado huerto, y se quedó admirando los frutos. Luego dijo: «¡Poderosa por todo esto!», y tras alabarla le dio muchos besos, más de los que nunca le habría dado una anciana de verdad; luego se sentó, encorvada, sobre un montón de tierra, y se quedó observando las ramas combadas por el peso de los frutos del otoño. Había frente a ella un olmo adornado de resplandecientes racimos; tras encomiar el olmo y la vid que era su compañera, dijo: «Pero si ese tronco estuviera célibe, sin los sarmientos, no tendría nada por lo que ser admirado más que las hojas; y también esta vid que reposa sobre el olmo al que está unida, si no estuviese entrelazada a él, yacería caída en el suelo. Sin embargo, a ti no te afecta el ejemplo de este árbol, rehúyes el concúbito y no te preocupas por unirte a un hombre. ¡Y ojalá quisieras! Helena no estuvo tan solicitada por los pretendientes, ni tampoco aquélla que provocó la batalla de los Lapitas[51], ni tampoco la esposa del miedoso, o según otros audaz Ulises[52]. También ahora, mientras rehúyes y rechazas a los que te buscan, mil hombres te desean, y semidioses, y dioses, y cuantas deidades habitan los montes Albanos. Pero tú, si eres sensata, si quieres casarte bien y hacerle caso a esta anciana que te quiere más que todos los demás, más de lo que tú crees, no aceptes un matrimonio corriente, y elige a Vertumno como compañero de lecho. Por él tómame a mí como garantía; yo le conozco tan bien como él se conoce a sí mismo. No es de los que vagabundean aquí y allá, recorriendo todo el mundo; habita estos vastos lugares, y a diferencia de la mayor parte de los pretendientes, no se enamora de toda aquélla que ve. Tú serás para él el primer y el último amor, a ti sola te dedicará la vida. Añade además que es joven, que tiene el don natural de la belleza, que es capaz de adoptar con exactitud cualquier forma y que se convertirá en aquello que le ordenes, aunque se lo ordenaras todo. ¿Y qué me dices de que os gustan las mismas cosas? ¿De que él es el primero en recibir los frutos que tú cultivas y que felizmente sostiene tus dones en su diestra? Pero ahora ya no desea ni los frutos cogidos del árbol ni las verduras con sus tiernos jugos que tu huerto alimenta, ni ninguna otra cosa que no seas tú. Apiádate de aquél que arde por ti y haz como si fuera él mismo aquí presente el que te rogara por mi boca lo que pide. Y ten cuidado con los dioses de la venganza, con la diosa del Idalio[53], que odia los corazones insensibles, y con la rencorosa ira de la diosa ramnusia[54]. Y para que las temas aún más, te voy a contar (pues la vejez me ha hecho conocer muchas cosas) una historia bien conocida en toda Chipre, para que puedas ceder y amansarte más fácilmente.