Metamorfosis

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»Ifis, nacido de familia humilde, había visto a Anaxáretes, una muchacha noble de la antigua estirpe de Teucro; la había visto y había sentido una llama abrasarle hasta los huesos. Tras haber luchado mucho tiempo, cuando vio que la razón no podía vencer su ciega pasión, fue a suplicar ante su puerta. Y unas veces, tras confesarle a la nodriza su desdichado amor, le rogaba por el bien de la muchacha que no fuera dura con él; otras, halagando a alguno de los muchos sirvientes, les pedía con voz acongojada que le prestasen su ayuda. Con frecuencia confiaba sus cariñosas palabras a unas tablillas de cera, y en ocasiones colocaba ante la puerta guirnaldas empapadas del rocío de sus lágrimas, y tendiendo su blando costado sobre el duro umbral recriminaba al severo cerrojo. Ella, más cruel que el mar que se embravece cuando se ponen las Cabrillas, más dura que el hierro forjado por el fuego nórico[55] que la roca viva que se agarra con sus raíces, se ríe y le desprecia, y a su insensible comportamiento añade, despiadada, palabras de soberbia, arrebatando al enamorado joven hasta la esperanza. Ifis no pudo soportar el tormento de ese prolongado sufrir, y ante la puerta pronunció estas últimas palabras: “Tú ganas, Anaxáretes, y por fin ya no tendrás que soportar ninguna molestia por mi parte. Prepara un gozoso triunfo, canta un himno de victoria y corónate de brillante laurel. En efecto, has vencido, y muero por propia voluntad. ¡Alégrate, mujer de hierro! Por lo menos te verás obligada a alabar algo de mí, habrá algo que me puedas agradecer y reconocerás mi mérito. Pero recuerda que mi amor por ti no se apagará sino con la vida, y que tendré que verme privado a la vez de dos luces. Y no será la fama la que te traiga la noticia de mi muerte; yo mismo, no lo dudes, estaré presente, bien a la vista, para que alimentes tus crueles ojos con mi cuerpo exánime. Sin embargo, oh dioses, si es verdad que veis las cosas de los mortales, acordaos de mí (la lengua ya no es capaz de seguir suplicando) y haced que se hable de mí por mucho tiempo. ¡Concededle a la fama el tiempo que le habéis quitado a mi vida!”. Así dijo, y alzando sus ojos húmedos y sus pálidos brazos hacia los batientes que tantas veces había adornado con guirnaldas, tras atar el nudo de la soga a lo alto de la puerta, exclamó: “¿Son éstas las guirnaldas que te gustan, cruel y despiadada?”. Luego, siempre mirando hacia ella, metió la cabeza en el lazo y se quedó colgado, triste carga, estrangulado. La puerta, golpeada por el movimiento de sus pies, pareció producir un sonido como de lamento y, abriéndose, dejó ver lo sucedido. Los criados gritaron y lo bajaron de allí, ya en vano, y lo llevaron a la casa de su madre (pues su padre había muerto). Ella lo estrechó contra su pecho, abrazó los miembros fríos de su hijo, y tras pronunciar las palabras propias de los padres afligidos y hacer las cosas propias de las madres afligidas, llorando guió el funeral por las calles de la ciudad, llevando el lívido cadáver en el féretro destinado a la pira. Casualmente, la casa se encontraba cerca del lugar por el que pasaba la triste comitiva, y el sonido de los llantos llegó a oídos de la insensible Anaxáretes, a quien ya acechaba un dios vengador. Al fin, tras algún titubeo, dijo: “Vamos a ver ese triste funeral”, y subió al tejado, donde había unos amplios ventanales. Apenas había distinguido ante sí a Ifis tendido sobre el féretro cuando sus ojos se quedaron inmóviles, el calor de la sangre desapareció de su cuerpo que se cubrió de palidez, y cuando intentó mover hacia atrás los pies se quedó clavada en donde estaba. Intentó volver el rostro y tampoco eso pudo hacerlo, y la roca que ya antes había en su duro corazón fue invadiendo poco a poco el resto de sus miembros. Y para que no pienses que es mentira, en Salamina[56] aún se conserva la estatua con la imagen de su dueña, y también hay un templo que tiene el nombre de Templo de la Venus Asomada. Así pues, ninfa mía, ten presentes estas cosas, abandona, te lo ruego, tu indiferente altanería y únete a quien te ama. Y ojalá que una helada de primavera no te queme los frutos que están naciendo, y que los vientos impetuosos no te arranquen las flores».


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