Metamorfosis
Metamorfosis Tacio ya había muerto, y tú, Rómulo, administrabas justicia a los dos pueblos por igual, cuando Marte se quitó el yelmo y se dirigió con estas palabras al padre de los dioses y de los hombres: «Ha llegado el momento, padre, una vez que el poder de Roma basa su fuerza en un sólido fundamento y que depende de un único gobernante, de que concedas el premio que nos prometiste a mí y a tu distinguido nieto, y de que llevándotelo de la tierra, lo pongas en el cielo. Una vez, en presencia del concilio de los dioses, me dijiste (pues recuerdo bien tus benévolas palabras, que están grabadas en mi mente): “Habrá uno al que traerás a las azules regiones del cielo”; que se cumpla todo lo que dijiste». Asintió el omnipotente, ocultó el cielo bajo negros nubarrones y estremeció la tierra con truenos y relámpagos. Cuando Gradivo[67] sintió que aquellas señales autorizaban el rapto prometido, apoyándose en la lanza subió al carro, cuyos caballos sentían impávidos el peso del timón ensangrentado, y los azotó con el látigo; bajando en picado por el aire se posó en la cima del boscoso Palatino y raptó al Ilíada[68], que ya gobernaba como un rey sobre sus quirites[69]. El cuerpo mortal se disolvió a su paso por el aire ligero, igual que se consume al cruzar el aire una bala de plomo arrojada por una ancha honda. Sustituye al cuerpo una nueva belleza, más digna de los cojines de los escaños del cielo, en la forma del togado Quirino[70].