Metamorfosis

Metamorfosis

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»Y puesto que es un dios quien mueve mis labios, a este dios que mueve mis labios yo lo seguiré devotamente, y abriré mi Delfos y el mismo cielo, y descubriré las sentencias de la augusta sabiduría. Cantaré grandes cosas que no fueron investigadas por la inteligencia de nuestros predecesores y que han quedado ocultas durante mucho tiempo: ¡qué placer moverse por los astros sublimes, qué placer abandonar la sede inerte de la tierra y dejarse transportar por una nube, y posándose sobre los fuertes hombros de Atlas, observar desde lejos a los hombres que vagan aquí y allá, tan necesitados de la razón, asustados y temerosos ante la muerte, y así exhortarles y explicar la sucesión de los acontecimientos del destino! ¡Oh estirpe atónita ante el terror de la muerte glacial! ¿Por qué teméis al Estigio, por qué teméis las tinieblas y los nombres vacíos, materia para los poetas, peligros de un mundo irreal? No creáis que los cuerpos, una vez que la pira con sus llamas o el tiempo con la descomposición los han destruido, puedan sufrir algún mal: las almas no mueren, y siempre, tras abandonar su sede anterior, son acogidas en nuevas moradas en las que viven y habitan. Yo mismo (de hecho lo recuerdo), en tiempos de la guerra de Troya era Euforbo, hijo de Panto, a quien un día le atravesó el pecho la pesada lanza del menor de los Atridas. Hace poco reconocí en el templo de Juno, en Argos, la ciudad de Abante, el escudo que entonces llevaba en mi brazo izquierdo. Todo se transforma, nada perece. El espíritu anda errante, va de allá para acá y de acá para allá y se adueña de cualquier cuerpo, y de los animales pasa a los cuerpos humanos y de nosotros a los animales, y nunca muere. Y como la blanda cera se plasma en nuevas figuras, y no permanece como era ni conserva las mismas formas, y, sin embargo, sigue siendo ella misma, así yo enseño que el alma es siempre la misma, pero transmigra a figuras distintas. Así pues, para que el respeto no quede vencido por la voracidad del vientre, absteneos, así os digo en nombre de los dioses, de arrancar con impía matanza unas almas que son hermanas vuestras; que la sangre no se alimente de sangre.


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