Metamorfosis
Metamorfosis »Y ya que soy arrastrado por el vasto mar y que he confiado a los vientos mis velas desplegadas: nada hay que dure en todo el universo. Todo fluye, todas las cosas reciben formas inestables. Hasta el propio tiempo corre con un movimiento continuo, igual que un río. En efecto, ni el río ni la hora fugaz pueden detenerse, sino que, como una ola es empujada por otra ola, y aquélla que llega es impelida a la vez que impele a la que le precede, así los instantes huyen y a la vez persiguen, y siempre son nuevos; en efecto, lo que antes fue queda atrás, lo que no era acontece, y los instantes se renuevan continuamente. Tú ves cómo las noches, una vez recorrido su curso, se aproximan al día, y cómo este brillante resplandor sucede a la negra noche; y el color del cielo tampoco es el mismo cuando todas las cosas, cansadas, yacen sumidas en el sueño, y el refulgente Lucífero sale sobre su caballo blanco; y una vez más es distinto cuando la Palantíade[5], que precede al día, tiñe el mundo antes de confiárselo al Sol. El mismo disco de dicho dios se tiñe de rojo por la mañana, cuando surge sobre el horizonte, así como se tiñe de rojo cuando se esconde tras el horizonte; cuando está en el punto más alto es blanco, porque allí la naturaleza del aire es mejor, y no está al alcance del influjo de la tierra. Tampoco la forma de la nocturna Diana[6] puede ser nunca igual, o sea, la misma, y la de hoy siempre es menor que la que le sigue si es creciente, y mayor si es decreciente. Y además, ¿no ves cómo el año transcurre en cuatro fases, imitando así nuestras edades? En efecto, al llegar la primavera es delicado y lactante, parecidísimo a la edad de un niño: entonces la hierba brillante, todavía sin fuerza, es jugosa y tierna, y deleita a los campesinos esperanzados. Todo florece entonces, y el fértil campo juega con los colores de las flores, y todavía no hay vigor en las hojas. Después de la primavera, el año, fortalecido, pasa al verano y se convierte en un vigoroso joven; en efecto, no hay estación más robusta, más feraz ni más ardiente. Le sigue, depuesto ya el fervor de la juventud, el otoño, maduro y sosegado, a medio camino por su moderación entre el joven y el viejo, con canas también en las sienes. Después llega con paso tembloroso el invierno, senil y ajado, despojado de sus cabellos o, si alguno tiene, canoso. También nuestros propios cuerpos se transforman continuamente, sin pausa, y ni lo que fuimos ni lo que somos lo seremos mañana. Atrás quedó aquel tiempo en que, no más que una semilla y una primera esperanza de hombres, vivíamos en el útero materno. La naturaleza intervino con sus manos creadoras: no quiso que el cuerpo encerrado en las tensas entrañas de la madre se ahogara, y lo hizo salir desde esa morada al aire libre. Salido a la luz, el niño permaneció tendido, sin fuerzas; luego arrastró sus miembros a la manera de los animales, a cuatro patas, y poco a poco, vacilando, con las rodillas inseguras, se puso de pie, ayudando sus músculos con algún apoyo; después se hizo ágil y robusto y atravesó la etapa de la juventud, y por fin, transcurridos también los años de la mediana edad, desciende hacia el ocaso por el declive camino de la vejez. Ésta mina los cimientos y destruye las fuerzas de la edad anterior: llora el anciano Milón[7] al ver cómo cuelgan débiles y blandos esos bíceps de sus brazos que un día por su masa y su dureza parecían los de Hércules. Llora también la Tindáride[8] al observar en el espejo sus seniles arrugas, y a sí misma se pregunta cómo pudo ser raptada dos veces. Tú, Tiempo, devorador de todas las cosas, y tú, envidiosa Vejez, todo lo destruís y todo lo consumís poco a poco, roído por los dientes de la edad, en una lenta muerte.