Metamorfosis

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Dicen que, aleccionado por éstos y otros discursos, Numa regresó a su patria, y es más, aceptó tomar las riendas de los pueblos del Lacio, tal como le rogaron. Felizmente casado con una ninfa y bajo la guía de las camenas, enseñó los ritos de los sacrificios y convirtió a las artes de la paz a unas gentes acostumbradas a la feroz guerra. Cuando luego, ya muy viejo, llegó al fin de su reinado y de su vida, las mujeres latinas, el pueblo y los ancianos lloraron su muerte. En cuanto a su esposa, abandonó la ciudad y se escondió, ocultándose en las pobladas selvas del valle de Aricia, y con sus gemidos y sus lamentos estorbaba el culto de Diana traído por Orestes[34]. ¡Ah, cuántas veces las ninfas del bosque y del lago le aconsejaron que no lo hiciera y le dijeron palabras de consuelo! Cuántas veces el héroe hijo de Teseo le dijo al verla llorar: «¡Cálmate! En efecto, tu suerte no es la única digna de llanto. Fíjate en otros casos parecidos que le han ocurrido a los demás: soportarás esto con más resignación. ¡Y ojalá pudieran aliviarte sólo los ejemplos de los demás! Pero también mi ejemplo puede hacerlo. Si hablando ha llegado alguna vez a tus oídos un tal Hipólito, que murió por culpa de la credulidad de su padre y de las calumnias de su malvada madrastra, tú te sorprenderás, y yo difícilmente podré probártelo, pero aquel Hipólito soy yo[35]. Un día la hija de Pasífae, tras haberme tentado en vano para profanar el lecho paterno, invirtió las culpas, miserable, y me acusó (¿más por miedo a ser delatada o por la ofensa del rechazo?) de desear lo que ella había deseado. Mi padre me expulsó de la ciudad sin que yo fuera culpable de nada, y mientras me marchaba imprecó contra mí una funesta maldición. Desterrado, me dirigía en mi carro a la pitea Trecén, y ya avanzaba por la costa del mar de Corinto cuando el mar empezó a hincharse: se vio una inmensa mole de agua encorvarse como una montaña, y crecer, y luego emitir un mugido y abrirse en la cima de la cresta. De allí un astado toro surgió entre las olas rasgadas, y erigiéndose hasta el pecho en el aire ligero vomitó todo un mar por la nariz y por la boca abierta. A mis compañeros se les encoge el corazón; yo permanecí impertérrito, pues ya tenía bastante con mi exilio, cuando he aquí que los caballos impetuosos vuelven hacia el mar sus cuellos, ponen tiesas las orejas y erizan las crines y, asustados por el monstruo, se espantan y despeñan el carro por los abruptos escollos. Con mano vana yo lucho por dominar los bocados cubiertos de blanca espuma, y echándome hacia atrás tiro de las flexibles riendas. Y la fogosidad de los caballos no habría superado a mis fuerzas si no fuera porque una rueda chocó con un tronco y se partió en el punto en que gira con movimiento continuo alrededor de su eje, rompiéndose en pedazos. Salgo despedido del carro, y entonces habrías visto cómo mis vísceras eran arrastradas mientras mis brazos estaban enredados en las riendas, cómo los músculos quedaban enganchados en los sarmientos, cómo mis miembros en parte eran llevados lejos y en parte quedaban atrás, atrapados; cómo los huesos rotos crujían con un ruido sordo, y cómo mi alma cansada expiraba, y ninguna parte de mi cuerpo era ya reconocible, y todo él era una única llaga. ¿Acaso, ninfa, puedes u osas comparar tu desgracia con la mía? También vi el reino sin luz y alivié mi cuerpo lacerado en el agua del Flegetonte, y de no haber sido por el poderoso fármaco del hijo de Apolo[36] no habría vuelto a la vida. Cuando la hube recuperado, ante la indignación de Dis, gracias a la fuerza de las hierbas y al arte de Peón[37], entonces Cintia[38] me ocultó en una densa nube para que al reaparecer no suscitara envidia por el don recibido; y para que estuviera seguro y pudiera dejarme ver sin peligro añadió años a mi edad y me dio un rostro irreconocible. Mucho tiempo dudó entre hacerme vivir en Creta o enviarme a Delos; luego, rechazando tanto Creta como Delos, me trajo aquí, y al mismo tiempo me ordenó que abandonara mi nombre, que podía recordar a los caballos[39], y me dijo: “Tú, que fuistes Hipólito, ahora serás Virbio”. Desde entonces habito en este bosque y, una divinidad más entre los dioses menores, me oculto bajo el poder de mi señora y formo parte de él».


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