Metamorfosis
Metamorfosis Apenas habían acabado de hablar cuando el dios, en forma de serpiente dorada coronada de crestas, anunció su presencia con silbidos, y con su llegada hizo temblar su estatua, el altar, las puertas, el suelo de mármol y los techos de oro, e irguiéndose hasta el pecho, altísima, se paró en medio del templo y paseó a su alrededor sus ojos llameantes. La multitud, sobrecogida, está llena de terror. El sacerdote, con los castos cabellos ceñidos por una venda blanca, reconoció al dios y exclamó: «¡Es el dios! ¡Es el dios! ¡Expresad vuestra devoción de corazón y de palabra, vosotros que os halláis presentes! ¡Que tu aparición sea propicia, oh glorioso! ¡Favorece a los que veneran tus ritos!». Todos los presentes adoran a la divinidad que tienen ante sus ojos, y todos repiten las palabras del sacerdote; también los Enéadas[43] lo aclaman con la voz y con la mente. El dios les manifiesta su asentimiento y da señales de aprobación agitando sus crestas y emitiendo silbidos con su lengua vibrante. Luego desciende por los pulidos peldaños y vuelve la cabeza para mirar por última vez los antiguos altares, y saluda al templo en el que ha vivido, su morada de tantos años. Entonces se arrastra, inmenso, por el suelo cubierto de flores que la gente arroja, y enroscando sus anillos atraviesa la ciudad y se dirige al puerto, dotado de un muelle arqueado. Allí se detiene, y parece despedirse con plácido semblante de sus adeptos y del afecto de la multitud que le ha seguido, tras lo cual sube al navío de Ausonia. Y el navío sintió la carga de la divinidad, y la quilla se hundió un poco con el peso del dios. Los Enéadas están llenos de regocijo, y tras sacrificar un toro en la playa sueltan las enroscadas amarras de la nave coronada de guirnaldas.