Metamorfosis
Metamorfosis El sabio Senado, cuando le fue comunicada la orden del dios, investigó para saber en qué ciudad se encontraba el joven hijo de Febo, y encargó a unos hombres que, llevados por los vientos, se dirigieran a las costas de Epidauro. Cuando los enviados tocaron tierra con las curvadas quillas, se dirigieron al consejo de los padres griegos, y les rogaron que les entregasen al dios cuya presencia pondrÃa fin a la muerte de las gentes de Ausonia; asà decÃa un oráculo infalible. Las opiniones son múltiples y discordes: una parte piensa que no hay que negarles la ayuda, mientras que otros muchos aconsejan retener a su divinidad y no enviarla fuera ni entregarla a otros. Mientras permanecÃan indecisos el crepúsculo expulsó a la última luz del dÃa; las sombras habÃan arropado en tinieblas al orbe terrestre cuando en sueños viste al dios aparecer ante tu lecho, oh romano, pero tal cual suele mostrarse en el templo. Con un tosco bastón en la izquierda, acariciándose con la diestra la barba larga y poblada, emitió desde su plácido pecho estas palabras: «Olvida tu miedo: yo vendré, y abandonaré mis imágenes. Tú solamente fÃjate en esta serpiente que con sus espirales se enrosca en mi bastón, y obsérvala bien para que puedas reconocerla. Me transformaré en ella, pero seré más grande y mi aspecto será tan grandioso como es propio de un cuerpo divino cuando se transforma». Y en seguida junto con la voz se fue el dios, y con la voz y con el dios se fue el sueño, y tras la desaparición del sueño vino la luz, que da la vida. La siguiente Aurora ya habÃa puesto en fuga los fuegos de las estrellas; inciertos sobre lo que habÃan de hacer, los dignatarios se reúnen en el benéfico templo del dios requerido, y le ruegan que sea él mismo quien indique con una señal celeste en qué sede desea habitar.