Metamorfosis
Metamorfosis Pero Faetón salta con su joven cuerpo al veloz carro y se yergue sobre él, feliz de estrechar en sus manos las riendas que le han sido entregadas, y luego da las gracias a su reacio padre. Mientras tanto, los alados caballos del Sol, Piroente, Eoos y Eton, y Flegonte, el cuarto[15], llenan el aire con sus llameantes relinchos y golpean con sus pezuñas las barreras. Cuando Tetis las abrió, ignorando el destino de su nieto, y tuvieron vía libre hacia el cielo inmenso, se lanzan al camino y agitando las patas en el aire desgarran la cortina de niebla, y elevándose con la ayuda de sus alas salen por delante de los Euros, que nacen en aquel mismo lugar. Pero el carro tiene poco peso, no es el que conocen los caballos del Sol, y el yugo no les pesa como de costumbre; así como las cóncavas naves van dando bandazos cuando carecen del lastre necesario, y son arrastradas por las olas a causa de su excesiva ligereza, el carro, sin el peso habitual, va dando saltos en el aire, zarandeado de un lado para otro como si estuviera vacío. Al darse cuenta, los cuatro corceles se lanzan a la carrera y abandonan la pista conocida, y dejan de correr ordenadamente como antes. Faetón se asusta, y ya no sabe cómo manejar las riendas que le han sido encomendadas ni sabe cuál es el camino, y aunque lo supiera no sería capaz de dominarlos. Por primera vez, entonces, la gélida Osa sintió el calor de los rayos y en vano intentó sumergirse en el mar, que le está vetado, y la Serpiente, a la que antes el frío hacía inofensiva por su proximidad a los hielos del polo, y que a nadie asustaba, recibió el calor y tomó de las llamas nueva furia. Según cuentan, también tú, Bootes[16], huiste, aunque eras lento y tu carro entorpecía tu huida.