Metamorfosis

Metamorfosis

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Entonces el padre omnipotente, tras haber declarado ante los dioses, incluido aquél que había prestado el carro a Faetón, que si él no ponía remedio todo perecería en una terrible calamidad, subió a la cumbre desde la que solía enviar las nubes a la tierra, desde donde hacía vibrar el trueno y lanzaba los rayos fulgurantes. Pero aquella vez no tenía ni lluvias que mandar a la tierra ni relámpagos que lanzar desde el cielo: tronó, y alzando su diestra hasta la altura del oído, arrojó un rayo que a la vez despidió al auriga fuera del carro y de la vida, y contuvo el fuego con fuego cruel. Los caballos se espantan y con un súbito arranque libran sus cuellos del yugo, y escapan rompiendo las riendas. Allí quedan los bocados, allí yace el eje separado de la lanza, aquí están los radios de las ruedas quebrantadas, y los restos del carro despedazado quedan esparcidos en una vasta extensión. En cuanto a Faetón, con los cabellos encendidos de llamas devastadoras, cae volteando al abismo y deja en el aire una larga estela, como cuando a veces una estrella parece caer del cielo sereno, aunque en realidad no ha caído. El largo Erídano[22] lo recibe en sus aguas, en un país lejos de su patria, y lava su rostro humeante; las Náyades[23] de Occidente dan sepultura a su cuerpo abrasado por la llama de tres puntas, y graban estos versos en su lápida:

Aquí yace Faetón, auriga del carro de su padre,


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