Metamorfosis
Metamorfosis No menos lloran las Helíades[24] e, inútil tributo para un muerto, vierten sus lágrimas y se golpean el pecho, invocan día y noche a Faetón, que no puede oír sus tristes lamentos, y permanecen postradas ante el sepulcro. Cuatro veces la Luna había llenado su disco, reuniendo sus cuernos; ellas, según su costumbre, y la costumbre se había convertido en rutina, estaban entregadas al llanto; entonces Faetusa, la mayor de las hermanas, cuando intentó postrarse en el suelo se quejó de que sus pies se habían vuelto rígidos; la cándida Lampecie intentó acercársele, pero unas repentinas raíces se lo impidieron; la tercera de ellas, al intentar desgarrarse el cabello con las manos arrancó hojas y ramas. Una se lamenta de que un tronco apresa sus piernas, otra se duele de que sus brazos se han convertido en largas ramas, y mientras ven todo esto con asombro, la corteza va envolviendo sus ingles, y luego va ciñéndoles el vientre, el pecho, los hombros y los brazos, hasta que sólo afloran las bocas que llaman a su madre. ¿Qué otra cosa puede hacer ella, sino ir de una a la otra, siguiendo sus impulsos, y besarlas mientras todavía es posible? Pero no es suficiente: intenta arrancar la corteza de sus cuerpos, pero con las manos rompe las tiernas ramas, de las que, como de una herida, empieza a gotear sangre. «¡Detente, madre, te lo ruego!», gritan cuando las hiere. «¡Detente, te lo ruego! Es nuestro cuerpo lo que se desgarra con el árbol. ¡Ya es el fin, adiós!». La corteza vino a cubrir sus últimas palabras. Y de la corteza cayeron lágrimas, que goteando desde las ramas recién nacidas se endurecieron al sol convirtiéndose en ámbar, y fueron recogidas por las aguas cristalinas del río, que las transporta para que las lleven las mujeres latinas.