Metamorfosis

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Mientras tanto, el padre de Faetón, dolorido y privado de su esplendor, tal como suele mostrarse cuando se eclipsa del mundo, odia la luz, se odia a sí mismo y a la claridad del día, abandona su ánimo a la tristeza y a la tristeza añade la ira, y rehúsa prestar su servicio a la tierra. «Desde el principio de los tiempos el mío ha sido un destino fatigoso, y estoy cansado de trabajar sin descanso y de esforzarme sin recompensa. ¡Que conduzca otro el carro portador de la luz! Y si no hay nadie que se preste, si todos los dioses se confiesan incapaces, ¡que sea él mismo quien lo conduzca! ¡Así, por lo menos, mientras intenta manejar mis riendas depondrá durante un tiempo los rayos con los que nos arrebata a nuestros hijos! Entonces, cuando haya experimentado la fuerza de los caballos de pies de fuego, se dará cuenta de que no merecía morir aquél que no fue capaz de guiarlos bien». Mientras así habla, los demás dioses se agolpan a su alrededor y le ruegan con voz suplicante que no deje al mundo sumido en las tinieblas; el mismo Júpiter le pide perdón por haber arrojado sus rayos, y, como es propio de todo rey, a sus ruegos añade también amenazas. Febo reagrupa a los caballos enloquecidos por el miedo, y lleno de dolor los maltrata con las espuelas y con la fusta: en efecto, está furioso, los acusa, y les reprocha la muerte de su hijo.



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