Metamorfosis
Metamorfosis Cuando he aquí que Dictina[29], acompañada por su séquito, avanza por el alto Ménalo orgullosa de las piezas que ha cazado, y ve a Calisto y la llama. En el primer momento ella rehuyó la llamada, temerosa de que fuera Júpiter el que se escondía bajo esa apariencia; pero cuando vio que avanzaba acompañada de las ninfas se dio cuenta de que no había ningún engaño, y se unió al cortejo. Pero ¡ay!, ¡qué difícil es que el rostro no traicione nuestras culpas! Casi no despega los ojos del suelo, y ya no camina, como solía, al lado de la diosa, a la cabeza de la comitiva, sino que permanece en silencio, y con su rubor da prueba de que su pudor ha sido ofendido. Y si no fuera porque es una virgen, la misma Diana habría podido notar mil señales de su culpabilidad; en efecto, dicen que las ninfas lo notaron. Los cuernos de la Luna habían renacido completando su disco por novena vez cuando la diosa, fatigada por las llamas de su hermano, fue a dar durante una cacería con un fresco lugar en el bosque, por el que bajaba un torrente que fluía murmurando y arrastrando guijarros de pulida superficie. Elogió el lugar, rozó con su pie la superficie del agua, que también le agradó, y dijo: «No hay nadie que pueda vernos: ¡vamos a desnudarnos y a bañarnos, salpicándonos con el agua!». La joven de Parrasia[30] se ruborizó; todas se despojan de sus velos: sólo ella vacila. Al ver que titubea le quitan sus ropas, y al desnudarla a la vez descubren su cuerpo y su culpa. Mientras ella, turbada, intenta cubrir su vientre con las manos, Cintia[31] exclama: «¡Aléjate de aquí, no contamines la pureza de las aguas!», y le ordena que abandone su séquito.