Metamorfosis

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El Sol, alto en el cielo, ya había recorrido más de la mitad de su camino cuando ella entró en un bosque que nunca había sido talado. Allí se quitó el carcaj del hombro y destensó el arco, y se echó en el suelo cubierto de hierba, reposando su cabeza sobre el pintado carcaj. Cuando Júpiter la vio, cansada e indefensa, se dijo: «Desde luego, mi esposa no se enterará de este engaño; y de todas formas, aunque lo viniese a saber, ¡son tantas las peleas!». Acto seguido, se reviste con la figura y los atavíos de Diana, y le dice: «Oh virgen, la mejor entre mis compañeras, ¿en qué montes has estado cazando?». La muchacha, mientras tanto, se había levantado del suelo, y exclama: «¡Salve, oh diosa, a mi parecer (y aunque él me oiga) más grande que Júpiter!». Él se ríe al escucharla y le divierte saberse preferido a sí mismo, y la besa sin demasiada moderación, de forma algo impropia para una virgen. Cuando ella se disponía a relatarle en qué selva había estado de caza él se lo impidió con un abrazo, y, no sin culpa, se reveló a ella. Ella, desde luego, se resiste hasta donde puede hacerlo una mujer (¡si pudieras verla, saturnia Juno, serías más condescendiente!), y lucha; pero ¿qué muchacha, qué mortal podría superar al gran Júpiter? Éste regresa al cielo victorioso; ella, por su parte, aborrece el bosque y aborrece los árboles que saben lo ocurrido, tanto que al marcharse casi olvida recoger su carcaj con las flechas y el arco que había dejado colgando.


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