Metamorfosis

Metamorfosis

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Cuando vio que su rival brillaba entre las estrellas, Juno se enfureció y descendió a las profundidades en busca de la canosa Tetis y del anciano Océano, cuyo respeto tantas veces conmueve a los dioses. Interrogada sobre la razón de su visita, empezó: «¿Queréis saber por qué yo, la reina de los dioses, he descendido hasta aquí desde las moradas celestes? ¡Otra ocupa el cielo en mi lugar! Que digan que miento si, cuando la noche traiga la oscuridad al mundo, no veréis allí unas estrellas, estrellas que me duelen como heridas, a las que acaban de conceder el honor de estar en el alto cielo, en el lugar donde el último círculo, el más estrecho, ciñe en su extremo el eje de la tierra. ¿Habrá ya alguna razón por la que alguien se vaya a abstener de ultrajar a Juno, o vaya a temblar si la ha ofendido, puesto que, única entre todos, hago el bien cuando quiero hacer el mal? ¡Oh, qué grande ha sido mi venganza! ¡Qué grande es mi poder! Le impedí que fuera humana: ¡pues ahora es una diosa! ¡Así castigo yo a los culpables, así demuestro mi gran autoridad! ¡Que le devuelva su antiguo aspecto y le quite su rostro animal, como ya hizo antes con la Forónida[35], la de la Argólida! ¿Por qué no la conduce a su lado, expulsando a Juno, y la coloca en su lecho, tomando a Licaón como suegro? Por eso vosotros, que me habéis criado, si sentís la afrenta que me han hecho, vetad vuestros azules vórtices a la Osa Mayor, rechazad a esa constelación que ha sido admitida en el cielo gracias a un adulterio, para que no se sumerja una meretriz en vuestras aguas puras».


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