Metamorfosis
Metamorfosis El cuervo contestó así a sus palabras: «¡Así tus advertencias se vuelvan contra ti, corneja! ¡Yo me río de tus estúpidos presagios!», y sin abandonar su viaje fue a contarle a su amo cómo había visto a Coronis yacer con un joven hemonio.
Cuando el dios se enteró del engaño de su amante, se le cayó la corona de laurel, y a la vez se le perdió la mirada, el color y el plectro. Con el corazón inflamado de creciente ira, aferró las armas que siempre le acompañaban, y tras tensar la cuerda tendió el arco y atravesó con un dardo, al que ella no pudo escapar, ese pecho que tantas veces había estrechado contra el suyo. Ella gimió al ser alcanzada, y arrancándose el hierro del cuerpo, cuyos miembros se cubrieron de purpúrea sangre, exclamó: «¡Habría podido pagar mi culpa hacia ti, oh Febo, pero después de dar a luz! ¡Ahora dos moriremos en una!». Éstas fueron sus últimas palabras, y junto con la sangre se le fue la vida; el cuerpo, ya sin alma, fue invadido por el frío de la muerte.