Metamorfosis

Metamorfosis

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Se arrepiente Febo, ¡demasiado tarde, ay!, del cruel castigo, y se odia a sí mismo por haber escuchado y por haberse enfurecido; odia al pájaro, por el que se ha visto obligado a conocer el delito, y, por tanto, la causa de su cólera, y odia la mano, y el arco, y junto con la mano odia las flechas, armas temerarias; trata de dar calor al cuerpo exánime, lucha con vanos artificios por vencer a la muerte e inútilmente emplea sus artes médicas. Tras haberlas puesto en práctica sin éxito, al ver que preparaban la pira funeraria, último fuego en el que habían de arder los miembros de ella, entonces desde lo más profundo de su pecho emitió un gemido de dolor (pues a los dioses no se les permite bañar su rostro en lágrimas), como una novilla cuando ve que el martillo, con un sonoro golpe vibrado desde la altura del oído derecho, quebranta la hueca sien del ternero lactante.

Después de haber vertido sobre su pecho perfumes que ella ya no iba a agradecer, después de haber abrazado su cuerpo y de haber cumplido los ritos que, injustamente, ahora le debía, Febo no permitió sin embargo, que su propia simiente pereciera en el fuego. Arrebatando el niño[41] al útero de su madre y a las llamas, lo llevó a la cueva del biforme Quirón[42]. En cuanto al cuervo, que esperaba una recompensa por haberle revelado la verdad, le negó la permanencia entre las aves blancas.


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