Metamorfosis
Metamorfosis De cuanto supera el fulgor del Lucífero al de las otras estrellas, y el de la Luna al del Lucífero, así Herse superaba con su prestancia a las demás vírgenes, y era el broche de la procesión y de sus compañeras. El hijo de Júpiter se quedó extasiado ante su belleza, y suspendido en el cielo arde de pasión, como ocurre cuando una honda de las Baleares lanza una bala de plomo: ésta vuela, y en su vuelo se calienta, encontrando bajo las nubes el fuego que no tenía. Mercurio invierte su camino, abandona el cielo y se dirige hacia la tierra, y ni siquiera disfraza su figura: tanta es su confianza en su belleza. Una belleza a la que, sin embargo, aunque grande, no le desmerecen algunos retoques: se alisa el cabello y se coloca la clámide para que caiga bien y para que se vea todo el oro de la cenefa; se cuida de que la vara, con la que induce y aleja el sueño, se vea tersa y pulida en su mano derecha, y de que las sandalias aladas brillen en sus pies.