Metamorfosis
Metamorfosis Entonces se encaminó inmediatamente hacia la morada de la Envidia, cubierta de negra podredumbre. Es una casa oculta en el fondo de un valle, una casa donde nunca da el sol ni sopla el viento, invadida por la tristeza y la inercia del frío, en la que siempre falta el fuego y abunda la niebla espesa. Al llegar allí, la joven diosa, temible en la guerra, se para ante la puerta, pues no se le permite cruzar el umbral, y golpea los batientes con el extremo de su lanza. La puerta se abre a sus golpes: dentro ve a la Envidia comiendo carne de víboras, con la que alimenta su vicio, y al verla aparta la mirada. Aquélla, indolente, se levanta del suelo; soltando los cuerpos medio devorados de las serpientes, avanza con flojo andar, y al ver a la diosa, ornada por sus armas y su belleza, emite un gemido y su rostro contrae el gesto al lanzar un suspiro. La palidez ocupa su semblante y la escualidez todo su cuerpo demacrado; nunca una mirada franca; los dientes están lívidos de sarro, su pecho verde de hiel, su lengua hinchada de veneno. No conoce la risa, salvo la que despierta la vista del dolor, ni tampoco goza del sueño, siempre desvelada por su vigilante ansiedad, sino que ve con desagrado los éxitos de la gente y al verlos se aflige, y se corroe por dentro y corroe a los demás, y ése es su tormento.