Metamorfosis
Metamorfosis No obstante, una vez que hubo entrado en la habitación de la hija de Cécrope ejecutó lo que le había sido ordenado, y tocando el pecho de Aglauros con su mano teñida de herrumbre llenó su corazón de congojas que se clavaron como anzuelos, le insufló una ponzoña nefasta y negra como la pez y la disolvió en sus huesos, y esparció veneno en sus pulmones; y para que los gérmenes del mal no vagaran dispersos, colocó frente a ella la imagen de su hermana y de sus felices nupcias, y la bella figura del dios, y todo lo engrandeció ante sus ojos. Instigada por todo ello, la hija de Cécrope siente la mordedura de un dolor oculto, y roída por la ansiedad noche y día, gime y se consume lentamente en la triste ponzoña, igual que se deshace el hielo bajo un sol incierto, y la venturosa felicidad de Herse la abrasa con la lentitud con la que el fuego quema unas zarzas aún verdes, que, aunque no hacen llama, se consumen con un tibio calor. Muchas veces desea morir para no ver aquello, muchas veces querría contárselo a su severo padre como si se tratara de un delito; por fin, se sienta en el umbral decidida a cerrarle el paso al dios cuando venga, y ante sus halagos, sus ruegos y sus palabras amables responde: «¡Basta ya! No me moveré de aquí hasta que te hayas ido». «¡Trato hecho!», contesta el veloz Mercurio, y con su vara abre la puerta cerrada. Ella intenta levantarse, pero las partes del cuerpo que flexionamos al sentarnos se niegan a moverse, invadidas por una torpe pesadumbre. Lucha por ponerse en pie y enderezar el tronco, pero las articulaciones de las rodillas están rígidas, el frío invade sus dedos, y las venas palidecen vacías de sangre. Igual que el cáncer, enfermedad incurable, se extiende reptando y va pasando a las partes sanas desde las enfermas, así un frío mortal va ocupando su pecho y cierra las vías vitales y las respiratorias. Ni siquiera intentó hablar, pero aunque lo hubiese intentado la voz ya no tenía por dónde salir: la piedra ya atenazaba su garganta, su rostro se había endurecido, y permanecía sentada convertida en una estatua exangüe. Pero no era una piedra blanca: su mente la había teñido de oscuro.