Metamorfosis

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La primera herida se la hizo en la espalda Melanquetes, luego Terodamante, y luego Orestíforo, que se aferró, a su hombro: habían salido más tarde que los demás, pero habían atajado por un monte. Mientras éstos retienen a su amo, el resto de la manada se le echa encima y le clava los dientes por todo el cuerpo. Ya ni siquiera queda sitio para más heridas. Él gime, y su quejido, aunque no es el de un hombre, tampoco es el que podría emitir un ciervo; llena con sus tristes lamentos las conocidas cumbres, y postrado de rodillas, suplicante, dirige alrededor su muda mirada, como si implorara, como si pidiera ayuda con los brazos tendidos.

Pero sus compañeros, que no lo saben, azuzan con los gritos habituales a la veloz manada, y mientras tanto buscan a Acteón con la mirada, llaman a Acteón una y otra vez, como si estuviera ausente (él vuelve la cabeza al oír su nombre), y se lamentan de que no esté allí y de que, por pereza, se pierda el espectáculo de la muerte de la presa. Y él querría no estar allí, pero está, y querría poder ver, y no sentir, las heridas que le hacen sus perros. Éstos le rodean por todas partes, y hundiendo el hocico en sus carnes, destrozan bajo la falsa figura de ciervo a su propio amo. Y dicen que la cólera de Diana, la diosa de la aljaba, no quedó satisfecha hasta que las numerosas heridas acabaron con su vida.


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