Metamorfosis

Metamorfosis

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Júpiter habría querido taparle la boca mientras aún estaba hablando, pero sus palabras ya habían huido veloces por el aire. Exhaló un gemido: ya no podía borrar ni la petición de ella ni su propio juramento. Entonces, tristísimo, asciende muy alto en el cielo y con la mirada recoge los cúmulos de nubes, a los que añade los nimbos, los relámpagos mezclados con los vientos, los truenos y los rayos, de los que no se puede huir. Intenta disminuir sus fuerzas todo lo posible, y no se arma del fuego con el que derribó a Tifeo el de los cien brazos[16], pues hay demasiada potencia en él. Hay otra clase de rayo, más débil, al que la mano de los cíclopes infunde menos crueldad en sus llamas, y menos ira: los dioses lo llaman «la segunda arma». Se arma con él y entra en la casa de Agénor.

El cuerpo mortal de Sémele no pudo soportar la tumultuosa potencia de los elementos celestes y pereció abrasada por la ofrenda conyugal. Del vientre de la madre fue extraído un niño todavía imperfecto y, si hemos de dar crédito a lo que se dice, el cuerpo aún tierno fue cosido dentro del muslo de su padre, donde acabó de cumplir su período de desarrollo. Su tía Ino[17] lo crió a escondidas durante sus primeros días de cuna, y luego se lo entregó a las ninfas del Nisa[18], que lo ocultaron en sus cuevas y lo criaron con su leche.


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