Metamorfosis
Metamorfosis Se levantó de su trono y se dirigió a casa de Sémele, envuelta en una nube rojiza. No disipó la nube antes de haber tomado la figura de una anciana: cubrió sus sienes de cabellos blancos, surcó de arrugas su piel, y arrastró su cuerpo encorvado con un andar tembloroso. Adoptó también una voz senil, y he aquí que era la mismísima Béroe, la nodriza epidauria[15] de Sémele. Así que entablaron conversación, y cuando después de una larga charla llegaron a hablar de Júpiter, suspiró y dijo: «Espero que se trate realmente de Júpiter, pero nunca me fío en estos casos: muchos se han metido en lechos castos haciéndose pasar por dioses. Y además, tampoco basta con que sea Júpiter: ¡que te dé una señal de su amor, si es que es amor de verdad! Pídele que se funda contigo en el abrazo amoroso tal cual le recibe la ilustre Juno, y que antes se revista de sus insignias». Con estas palabras convenció Juno a la ingenua hija de Cadmo. Sémele pidió a Júpiter que le concediese un regalo, sin especificar cuál, a lo que el dios le respondió: «Elige lo que quieras: no te negaré nada, y pongo por testigo al divino poder de las aguas estigias, que infunden sagrado temor incluso a los dioses». Feliz en su desgracia, demasiado poderosa en su elección, destinada a morir por la complacencia de su amante, Sémele contestó: «Como sueles abrazar a Juno cuando os unís en el amor, así quiero que te entregues a mí».