El cuarto poder
El cuarto poder No se crea que faltaban por eso algunos espÃritus lúcidos que se adelantaban a su época y presentÃan lo que habÃa de ser el teatro andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. TenÃa abonado siempre, en compañÃa de otros tres o cuatro amigos, el palco de proscenio. Desde allà dirigÃa la palabra a otros señores de más edad, abonados en el palco de enfrente: se decÃan cuchufletas, se burlaban de la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por cierto que el público de las butacas, ajeno todavÃa a estos refinamientos de la civilización, solÃa hacerles callar bárbaramente con un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por descontado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrÃsono traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.