El cuarto poder
El cuarto poder En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta. Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como injustificado.
—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar allí muy apiladito el dinero de don Laureano.
—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio…
—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?
Armose la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeúntes estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.