El cuarto poder
El cuarto poder ¿Cómo? —preguntará el lector—. ¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de especular, cosa indigna de su categorÃa, sino por pura y desinteresada inclinación de su espÃritu. Desde muy joven se le habÃa manifestado. Las asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que habÃa pasado su existencia, no le habÃan consentido satisfacer esta pasión sino de una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes, entregose de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su criado ocupaba una gran parte del dÃa en cortarle unos tacos de avellano seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra habÃa de sacar la gala de los palillos.