El cuarto poder
El cuarto poder Que trata de dos traidores
Borrose súbito de su noble faz pseudomarÃtima la temerosa expresión que la oscurecÃa, y apareció de nuevo aquella otra distraÃda, signo de constantes meditaciones.
—Gonzalo, si no te molesta, te rogarÃa que pasases conmigo al despacho —manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.
Este, que durante la anterior escena habÃa empalidecido y vuelto a su ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que don Rosendo se habÃa percatado de la instabilidad de sus sentimientos amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba maciza, armarios de caoba también, donde habÃa más legajos de papeles que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y escribanÃa de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella, serÃa un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los Ãntimos de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.