El cuarto poder

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Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron más sillas recabadas de los chiribitiles de los cómicos. Se acomodaron en ellas los más selectos vecinos de Sarrió, y celebraron conciliábulo para resolver quién había de presidir la reunión. Por cierto que no acababan de entenderse, y el público daba señales claras de impaciencia. La mayor parte juzgaba que a don Rosendo correspondía la honra de sentarse detrás de la mesa de pino; pero este la rehusaba con una modestia que le honraba muchísimo más. Al fin se sentó al observar que el público se iba cansando. Este aplaudió reciamente.

Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse quién había de dirigir la palabra al concurso. Álvaro Peña, que era hombre despachado y de arranque, se decidió a dar unos pasos hacia la boca del telón, y dijo en voz alta:

—Señores.

—¡Chis, chis! ¡Silencio! —gritaron algunos.

Y reinó el silencio.



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