El cuarto poder
El cuarto poder Historia de una lágrima
Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios oscuros de la vida privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en ellos intervinieron.
Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos narrado, este no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya, fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fue al menos la noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña como siempre. Cecilia, a quien solo se le conocía el mal humor en que hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentífrico, copió una oración a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le dijo toda ruborizada:
—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel al señorito Gonzalo?
—¿Ahora mismo?