El cuarto poder
El cuarto poder —Una cosa horrible, alma mÃa… ¡Una infamia…! Quisiera morirme en este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija mÃa.
—TranquilÃzate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta emoción.
—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme… DarÃa con gusto la vida por que no quisieras a Gonzalo… ¿Le quieres, corazón mÃo, le quieres mucho?
Cecilia no contestó.
—¡Dime, por Dios, que no le quieres!
Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose en vano por dar una inflexión segura a la voz:
—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?
A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las manos.
Transcurrieron algunos instantes.
—¿Tiene alguna queja de m�
—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?
—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a hacer…? Más vale que me desengañe a tiempo.
—¡Oh! —gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacÃa esfuerzos por ocultarse.