El cuarto poder
El cuarto poder —TranquilÃcese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.
—¡Hola! —exclamó el clérigo con sonrisa feroz—, parece que ya no cantas, tan alto… ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el gallo que no canta, guapito?
Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro.
La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia estratégica.
—¡TranquilÃcese usted, don Benigno! —gritó Sinforoso con terror.
—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oÃr otra vez aquello de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.
—¡Yo no lo he escrito! —exclamó con angustia el hijo del Perinolo.
—¿De veras no lo has escrito, guapo…? ¡Pues para cuando lo escribas!
Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor.
—¡Sosiéguese usted, don Benigno! —exclamó el desdichado retrocediendo, y extendiendo hacia adelante las manos.
—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita!
Y le dio otra bofetada.