El cuarto poder

El cuarto poder

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—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted!

—¡Allá va otra palomita!

Nueva bofetada.

Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del Faro (y sabe Dios que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las mejillas de este joven distinguido.

No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del Faro gritó con todas sus fuerzas:

—¡Socorro, que me matan!

Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena un garrotazo en las espaldas.

—¡Socorro! —volvió a gritar el desdichado.

Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Álvaro Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo:

—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa?

—¡Auxilio, don Álvaro, que me matan!


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