El cuarto poder
El cuarto poder —Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo! —le volvió a gritar acercándose rápidamente.
Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de hacerle frente poniéndose en lÃnea de batalla con los bastones en alto. Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo.
—¡Son curas!
Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera hacerlo, un garrotazo le habÃa caÃdo sobre el cogote, dejándole malparado.
—¡Debiera suponejlo, caramba! Solo estas aves nocturnas son capaces de esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público y tujbando el sueño de los vecinos… Es menestej concluij con esta raza de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido en la bajbarie… ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social…!